Hace unos años, iniciando
el nuevo siglo, Víctor Codina utilizó la metáfora “invierno eclesial” de Rahner para designar
“una atmósfera de desconcierto, perplejidad, crítica, rechazo, desánimo, miedo,
autocensura, disidencia respecto al magisterio jerárquico, disminución de la
práctica dominical y, en general, sacramental, el descenso vertiginoso de vocaciones
al sacerdocio y a la vida religiosa, automarginación, abandono de la Iglesia,
indiferencia. Muchos afirman: “Jesús sí, Iglesia no””[1].
Según el jesuita esta sensación se venía percibiendo después de la “primavera
eclesial” del Concilio Vaticano II. Ya desde Pablo VI hasta el largo
pontificado de Juan Pablo II. Habría que usar la metáfora propuesta para
nombrar también el pontificado de Benedicto XVI. En todo caso, aquí el asunto
central es haber nombrado como invierno eclesial el debilitamiento
multidimensional de la Iglesia.