lunes, 16 de marzo de 2020

eclesiologia


Hace unos años, iniciando el nuevo siglo, Víctor Codina utilizó la metáfora  “invierno eclesial” de Rahner para designar “una atmósfera de desconcierto, perplejidad, crítica, rechazo, desánimo, miedo, autocensura, disidencia respecto al magisterio jerárquico, disminución de la práctica dominical y, en general, sacramental, el descenso vertiginoso de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, automarginación, abandono de la Iglesia, indiferencia. Muchos afirman: “Jesús sí, Iglesia no””[1]. Según el jesuita esta sensación se venía percibiendo después de la “primavera eclesial” del Concilio Vaticano II. Ya desde Pablo VI hasta el largo pontificado de Juan Pablo II. Habría que usar la metáfora propuesta para nombrar también el pontificado de Benedicto XVI. En todo caso, aquí el asunto central es haber nombrado como invierno eclesial el debilitamiento multidimensional de la Iglesia.



[1]Codina, Víctor. Sentirse Iglesia en un invierno eclesial.